Había una vez un héroe
Había una vez un héroe
—Gracias por la papita, mi don —dijo Juan Dulce al dueño del restaurante cuando en una bolsa plástica le entregó los sobrados del día. Pulgar arriba. Sonrisa abierta.
—Listo, pero ábrase de aquí —respondió el otro tronando los dedos.
Juan rondaba por el barrio La Violeta. Escarbando basura. Escogiendo material reciclable. No era difícil. Perros destrozaban las bolsas y esparcían desechos por la calle. Edificios de paredes sucias; restaurantes de corrientazo, puestos callejeros de bocados brillantes y resbalosos; inquilinatos de paga diario; jíbaros con mercancía para todo bolsillo; callejeras en lentejuelas y chulos de pistola en cinto. Noches de popurrí musical a tope en cada esquina. Zoológico de especies decadentes.
—¡Juancho! —el llamado seguido de un chiflido —. Venga, échemele ojo a las naves, voy a cagar —dijo uno de los hombres que cuidaba vehículos parqueados a cambio de monedas.
—Si alguno sale, cojo pa’ mí el pago —advirtió Juan.
—Hágale.
Juan, con el rostro sucio, cabeza rapada a mordiscos y uñas negras observó toda la calle. No le caería mal un billete. Notó movimientos bruscos entre un borracho y el propietario de la «Whiskería La sabrosura». Discusión. Empujones, gritos y amenazas. Se acercó. Las disputas eran normales de día y de noche por bazuco, perico o mujeres. Uno o dos muertos, mínimo.
Circulaban rumores de que la costosa gema robada estaba en el barrio. La gente estaba alerta. Juan se acercó más, quería escucharlo todo.
—¡A mí no me tumba nadie, hijueputa, quiero mi parte ahora! —amenazó el borracho.
—¡Cállese, güevón! —dijo el dueño de la whiskería mirando nervioso alrededor.
Juan bajó la mirada, dio media vuelta. Corrió para recibir el pago de uno de los vehículos a punto de salir.
El borracho se alejó serpenteando. Insultos entre dientes. Juan, con disimulo, lo siguió. Después buscaría la forma de colarse en la whiskería. Tendría que ser en el día. Cuando el ambiente estuviera calmo.
Habían pasado cuatro meses desde que sucedió el robo. El carro de valores fue asaltado por varios hombres, transportaba una de las esmeraldas más grandes del mundo. Nunca llegó a la bóveda del banco. El propietario, según noticias, es un hombre poderoso y de dudosa reputación. El comandante de la policía puso a la cabeza de la investigación a uno de los mejores. El mayor Adolfo Lies.
—Mi general, es un honor. Haré todo lo necesario para tener resultados pronto —dijo Lies golpeando los talones en posición de firmes.
Los hombres del mayor Lies están en el sector en donde los delincuentes cavan ratoneras para esconder botines. Uniformados con arma en mano patrullan. Preguntan. Golpean. Esculcan. No será fácil. En el barrio La Violeta todos llevan sembrado el silencio como una raíz gruesa de pantano. Nadie ve ni escucha nada. Hay forasteros en las calles y prostíbulos. Susurros, roces, manos en los bolsillos, malhechores vigilan cada esquina. Automóviles con placas gemeliadas salen, entran. Una de las informantes, con la boca pintada de rojo y aliento a aguardiente, dice a Lies: «papi, se están boletiando en la whiskería». Le acaricia el apellido cosido en el pecho de la camisa y susurra: «Lies. Apellido bonito como el dueño, pero feo si entiendes el significado». Sonríe con los dientes untados de colorete. Se acerca como si quisiera besarlo. Él la toma de la mandíbula y la empuja contra la pared. Le advierte que más le vale mantener la boca cerrada a menos que tenga algo valioso para decirle.
Juan, con cobija cochambrosa colgada en el hombro y frasco de boxer en la boca, observó al borracho que armó la trifulca en la whiskería: se tambaleó. Sacó del bolsillo llaves que tintinearon al caer. Se agachó. Perdió el equilibrio. Cayó sentado. Echó un madrazo. Se levantó con dificultad. Tui, tui, desactivó la alarma. Subió al automóvil. El motor rugió. Hundió el acelerador. Las llantas chillaron. Juan observó el número de la placa. Tenía buena retentiva para números y rostros. A pesar de haber vivido cientos de vidas no se dejaba arrastrar. Atento, en la jugada. La calle y el frío no mermaban su razonamiento. También era intuitivo.
Dormiría un rato e iría a «La sabrosura». Una colchoneta en el piso. Nueve familias, niños, adultos, abuelos, todos conviviendo en esa casa marrón de ventanas tristes y olor a berrinche. Riñas, gritos, llanto, gemidos de lujuria, apuñalados en el corredor o en el baño. ¡Qué porquería de vida! Hundido en el infierno. Conoce las entrañas del mal. Sociedad podrida. La madre lloró cuando supo que estaba viviendo en ese barrio. «No hijo, allá no, ¿y si no vuelvo a verlo?» dijo, abrazándolo. Intentó tranquilizarla: «No va a pasarme lo mismo que a mi padre. No moriré en medio de matones y basura. Lo prometo». Ella rogó hasta que cerró la puerta. Afuera todavía alcanzaba a escuchar sus lamentos. No ha vuelto a verla, ni a saber nada de ella.
Adolfo Lies no avanzaba en la investigación. Más allá de lo que las rameras contaban, no se decía nada. Hermetismo.
—Mi general, esa piedra la sacaron del país —afirmó.
Al otro lado de la línea, el general gritaba improperios. Preguntaba si estaba seguro.
—Sí, señor. Al parecer es un robo orquestado por alguien desde el exterior.
Lies alejó la bocina del oído cuando el general volvió a gritar, y después de despedirse, colgó el teléfono.
Se arregló los puños de la chaqueta verde oliva. Cogió el quepis, lo metió bajo el brazo. Salió de la oficina. Ahora el problema era de los oficiales encargados de la seguridad aeroportuaria y marítima. Él tenía otro lío que atender. Uno de sus subalternos originó un accidente de tránsito, borracho. Ponía en riesgo el plan. Necesitaba ponerle freno. No podía permitir que sus hombres hicieran lo que les diera la gana.
Los resultados le han merecido felicitaciones y medallas. Fue un chico inquieto en la escuela. No era el mejor estudiante, pero sí el más alto, fuerte y atrevido. Los padres querían que estudiara ingeniería o medicina. Se decepcionaron cuando se vinculó a la Policía, sin embargo, después de unos años vio brillo en sus ojos cuando lo condecoraron en ceremonia transmitida por televisión y lo llamaron: «héroe». Cuando ascendió a capitán estaba casado, tenía un hijo y esperaban otro. Las deudas crecieron. El sueldo no era bueno. Ahora tiene el grado de mayor y la paga sigue siendo exigua. Se las arregla con cosillas extras. Pero le gusta ver orgullo en la mirada de los hijos cuando viste el uniforme. «Papi, quiero ser como tú» dice el menor. Lies siente escalofríos. Lo abraza. Le gustaría que fuera ingeniero o doctor. Él pequeño sonríe.
—Patrón, le ayudo a lavar la fachada —dijo Juan a uno de los empleados de la «Whiskería La sabrosura» que con balde y cepillo en mano miraba desanimado las paredes rayadas con aerosol.
Juan sumergió el cepillo en el agua jabonosa. Empezó la labor. Era temprano. Letrero neón apagado. Puerta entreabierta, nadie cuidaba. Por el resquicio se colaba la oscuridad del lugar. Miró a todos lados, empujó la puerta y se metió. Si ahí estaba la esmeralda de la que hablaban en los noticieros, él quería encontrarla.
Piso húmedo, sillas sobre las mesas. Olor a creolina. Percibió voces al fondo. Con sigilo se acercó hasta una oficina cerrada. Por debajo de la puerta un hilo de luz. Dos hombres hablaban:
—El joyero logró cortarla en cuarenta y siete pepitas perfectas —dijo una de las voces.
—Déjeme verlas —respondió con desconfianza la otra voz—. Es mejor que me las lleve y las guarde, lejos de aquí.
El primero soltó una carcajada.
—Está loco. Anoche, uno de sus amigos vino borracho, armó escándalo. Las piedras se quedan aquí, ¡y punto!
Juan escuchó pasos a su espalda. Volteó. El empleado del aseo lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Qué está haciendo, marica, se quiere morir?
—Patrón, lo estaba buscando, es que necesito cloro porque esa mierda no sale con puro jabón.
Juan siguió en la tarea de restregar las manchas. Un hombre salió. Alto, fuerte, cabeza abajo, gorra y lentes oscuros. Una camioneta se detuvo y él subió deprisa. Juan lo reconoció, no le sorprendía que estuviera involucrado en asuntos reprochables.
—Mayor —saludó el general cuando Lies se asomó por la puerta de la oficina—. Siga, siéntese ¿Ha sabido algo sobre la piedra?
—No, en realidad no, señor. Seguimos investigando. Al parecer nunca estuvo en el barrio La Violeta.
—Si usted lo dice debe tener razón —El general sacó un cigarrillo, le ofreció uno a Lies quien negó con la cabeza—. Entonces… ¿Esa esmeralda está lejos del país?
—Seguro que sí, señor.
Adolfo Lies pidió permiso para retirarse.
—¿Cómo va el barrio? —atajó el general y lanzó volutas de humo que le oscurecieron el rostro.
Lies se volvió antes de llegar a la puerta.
—Muy bien, muy bien, mi general. Sin novedad.
El general sonrió. Lo miró fijo y acarició un folder amarillo sobre el escritorio.
Juan pasaba por la whiskería cada día. Ayudaba a lavar vestigios repugnantes de perros y borrachos en la fachada. El empleado encargado de limpiar le lanzaba algunas monedas y después dormitaba por ahí. Juan se ganó su confianza, cada vez barría más adentro: el salón, la barra, los baños.
—Patrón, si quiere trapeo la oficina del jefe.
—No, eso lo hago yo —dijo el hombre levantándose prevenido.
—Bueno, cuando quiera le ayudo. Un billetico más, me sirve.
—Qué carajo. Dele.
Juan no tenía dudas, en esa oficina estaba lo que él quería.
Cogió balde y trapero. Entró a la oficina silbando un airecillo de moda y mirando de reojo. El empleado distraído leía cómics. Con dedos ágiles hurgó en cada gaveta.
Lies llega con sus hombres al barrio. Furioso. Patrullas con sirenas y armados como película gringa.
—Mi general está demasiado interesado en nuestro trabajo. Quiero resultados para mostrarle. Drogas, artículos robados, ladrones o asesinos con órdenes de captura vigentes, algo para que nos quite el ojo de encima —les dijo a sus subalternos antes de salir de la estación.
Levantan la zona. Un expendio de droga. Un burdel con menores de edad y un asesino serial. Todo en una noche. Pero a Adolfo Lies lo que le interesaba era irrumpir en la «Whiskería La sabrosura». A él, nadie le jugaba sucio.
Juan observa desde cierta distancia al mayor Lies. La forma de caminar, de gritar, de dar órdenes. Uniforme impecable. Pistola en una mano, radioteléfono en la otra.
Piensa en su amada madre, en cuanto le hubiera gustado verlo vestido así, con uniforme, corte de pelo a ras, afeitado y botas brillantes. El día anterior había ido a la casa. Su mamá lo abrazó y lloró. No le importó el olor a demonio recién salido del averno. Le besó toda la cara como cuando era un niño. Él para compensar la angustia que le hacía sentir a diario le puso entre las manos un pequeño regalo envuelto en papel periódico sucio.
Sí, conoce a Lies. Años atrás sufrió su soberbia y despotismo; ya no importa. Todo ha terminado. Da la vuelta, empieza a alejarse.
Un policía novato lo detiene antes de llegar a la esquina. Él quiere mostrar su identificación. No alcanza a hacerlo. Un disparo de fusil le revienta el pecho. Gritos. Indigentes, putas y drogadictos corren despavoridos. Explosiones. Tiroteo. Adolfo Lies aprovecha, acribilla al dueño de la «Whiskería La sabrosura». Juan agoniza mirando el cielo ametrallado de estrellas. Un último pensamiento de amor para su madre. Pide perdón por la promesa incumplida. Boca semi abierta. Último aliento. Pupilas dilatadas.
Después de varios minutos, los policías logran calmar la situación. Hombres y mujeres luchan boca abajo, esposados. Llegan refuerzos.
Lies va a ver los muertos. Con el pie mueve el cuerpo de Juan. Se agacha para mirarlo bien. Palidece. Se acerca más. Siente ganas de vomitar.
—¿Qué pasa mi mayor? —pregunta uno de los uniformados.
Desencajado, Lies, saca el documento del occiso asomado en un bolsillo. Es falso. Conoce su verdadera identidad.
—Teniente Juan José Dulce…
Adolfo Lies había conocido al teniente Dulce. Un entrometido preguntón. Hijo de una leyenda dentro de la institución, su padre permanece en la memoria como el hombre que desarticuló una peligrosa banda internacional. El teniente Dulce trabajaba de infiltrado en casos especiales asignados por altos mandos. Era bueno. Nunca fallaba. En contadas ocasiones lo vio uniformado. Iba de civil actuando en diversos roles: sastre, carnicero, campesino, empresario, periodista, enfermero, loco y más. En casos complicados fue él quien consiguió las pruebas para refundir en la cárcel a empresarios, políticos y policías corruptos.
El general llega apurado con un folder amarillo en la mano, rodeado de seguridad. Adolfo Lies, con la boca seca y falto de aire se cubre la cara con manos temblorosas.
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